"¡Fuera todos" - Crónica del sismo de 1985

Por E. Andrea Villela y Bob Schalkwijk

Publicado en la revista La Capital, Sept. 2015. CDMX. 

 

Así gritó Bob Schalkwijk a sus hijos para que salieran a prisa de casa, en Coyoacán. El Holandés, con más de 60 años de experiencia en fotografía- 50 viviendo en México-, comenzaba así su encuentro con la catástrofe. El 19 de septiembre de 1985, tomó fotos todo el día. Esta memoria gráfica busca recordar que debemos olvidarlo, afirma. Honrarlo es diferente a mantenerlo vivo. ‘ Si no se olvidan estas cosas, no se puede continuar.’
 Monumento a la Revolución. CDMX. 19 de septiembre de 1985.

Monumento a la Revolución. CDMX. 19 de septiembre de 1985.

"¡Fuera todos!"

“Fue lo primero que grité para hacer que mis hijos salieran de la casa, y al salir, vi el muro de mi jardín moviéndose como una serpiente de piedra. Eran las 7:30 de la mañana.

Se fue la electricidad y tardamos en encontrar un radio de pilas con el cuál informarnos de la situación. Mis hijos y mi esposa salieron de casa para ir a la escuela, luego, mi asistente Javier Tinoco y yo escuchamos la radio para enterarnos sobre lo que había sucedido. Aún no percibíamos la magnitud de la catástrofe, pero poco a poco se empezaron a oír las sirenas que seguirían sin parar durante todo ese día.

Cargamos las cámaras (dos Nikon: una para blanco y negro y una para color), muchos rollos y pilas, y por idea mía decidimos tomar un par de bicis que estaban en la casa. Pensé que llegar al norte de la ciudad en auto no era lo más conveniente, seguramente los accesos estarían cerrados. Estaba en lo correcto.

Salimos cerca de las 9 de la mañana desde Coyoacán, nos dirigimos hacia el Hospital General. En la radio se comentaba que ahí había graves problemas. Al llegar permanecimos ahí, fotografiando la gente siendo atendidos en los jardines. Después nos dirigimos hacia la Avenida Chapultepec, donde encontramos una escuela completamente colapsada, pero aún sin niños.

Así comenzó la jornada en la que fuimos recorriendo el centro de la ciudad, siempre tomando fotos. Había desorden, caos por todos lados, la gente caminaba asustada, observando, cubriéndose la boca por el polvo y el asombro.

Pasamos por la Colonia Roma, cerca de la plaza Luis Cabrera donde vimos un edificio completamente caído de lado, y otro entero pero hundido algunos metros.

Nuestra siguiente parada fue el lugar donde se incendió el Hotel Regis en la Avenida Juárez.

Seguimos avanzando hasta llegar a Nonoalco, fue donde encontramos el edificio Nuevo León completamente tirado. Mas tarde, al lugar llegó Plácido Domingo, que tenía familiares en el edificio,  y ahí se dio su entrevista con Jacobo Zabludovski.

Escuche que un par de hombres, que eran hermanos, vivían en uno de los pisos del edificio. Al tratar de salir, uno se dirigió al techo y el otro bajó para salir; al final del sismo se encontraron en tierra firme, al lado del edificio, pues éste se colapsó. Me hace pensar que, en estas situaciones, no hay reglas para la sobrevivencia. No hay forma de saber quien vive y quien muere.

Yo había ya vivido tres catástrofes en mi vida, antes de llegar a México. A mis 7 años empezó la Segunda Guerra Mundial, en Holanda; los alemanes destruyeron e inundaron grandes partes del país a manera de defensa. Años después, en 1953, ahora si, la naturaleza inundó gran parte de la zona meridional de mi país natal, durante la noche la fuerza del mar y la tempestad destruyó diques, viviendas ygranjas; hubo 2,000 muertos. Yo era un muchacho joven de 20 años y llegué a la zona de la inundación, estuve tres días para ayudar, cargando panes para llevarlos a la gente que necesitaba comer.

El sismo fue mi cuarta experiencia con el desastre. Éste y la inundación en el 53, fueron experiencias muy personales y fuertes, visuales, sensoriales y emotivas.

Las cosas cambian de dimensión en cuestión de segundos…

Para mí, una de las cosas más impresionantes, en un sentido físico, fue la forma en que las cosas (las viviendas, los objetos) se colapsaron. Vivimos entre muebles, aparatos electrónicos, y objetos personales, que llenan un espacio, y en cuestión de minutos… no, de segundos, se reducen a un espacio menor que medio metro.

Días después volvía retratar a las personas que buscaban sus cosas entre los escombros. Los veía parados contemplando lo que restaba, todo reducido. No es tan sencillo el entender lo peligroso de entrar a un edificio fuertemente dañado, como sucedió en los Multifamiliares Juárez, aún en pie, la gente quería regresar para recuperar sus cosas, pero no se lo permitían pues entrar era gran un riesgo. Unas semanas después fotografié la dinamitación de los multifamiliares, que estuvo a cargo de una empresa experta de Canadá. Sucedió, una vez más, en cuestión de segundos. Todo generó una enorme nube de polvo, la obra de artistas como Xavier Guerrero y Carlos Mérida quedó ahí sepultada.

La otra cosa sumamente impresionante fue la ayuda. Desatinadamente, algunas de las primeras declaraciones del Presidente hacia el mundo fue “no necesitamos de su ayuda, podemos solos”… probablemente no lo habían informado bien. No toda la ciudad fue afectada, pero toda la ciudad se paró.

En cuestión de instantes la gente comenzó a ayudar, a organizarse, líderes natos, espontáneos empezaron a dirigir las acciones; y los que más ayudaban eran los jóvenes. En ese entonces se tenía una idea negativa de que los estudiantes, la juventud en general, no aportaba mucho, no cooperaba, “no servían”. Se vivió todo lo contrario. Fue realmente impresionante. Precisamente en el Hotel Regis fotografié a un grupo de boy scouts, niños de 12 o 15 años, vestidos con sus uniformes ayudando.

Tinoco y yo pasábamos entre la gente que inmediatamente empezó a coordinar, a auxiliar, y sin entrometernos, seguíamos tomando fotos. Pensé que esa era mi manera de ayudar. El ejército, los bomberos, todos, literalmente comenzaron a ayudar inmediatamente.

El evento de los sismos marca una diferencia generacional, entre aquellos que éramos adultos y aquellos que no nacían o que aún eran pequeños.

 

Una pequeña tragedia dentro de una gran tragedia

Terminamos la jornada a eso de las 7 de la noche, estábamos agotados y por suerte encontramos un VIPS abierto. Volvimos al sur de la ciudad, a Coyoacán, en donde se encuentra mi estudio, Tinoco comenzó a revelar los rollos en el laboratorio. Hicimos las hojas de contacto, la selección de las mejores tomas, y a primera hora, aún en la madrugada, me dirigí al aeropuerto de la ciudad con un objetivo: hacer llegar las tomas de lo sucedido a mi agencia en Nueva York, Black Star.

La ciudad seguía aun detenida, la oficina de la compañía con la que usualmente hacía los envíos del material se encontraba cerrada. En el aeropuerto había gente registrándose para un vuelo a Nueva York, por medio de Eastern Airlines, observé a las personas y me acerqué a un hombre de traje que se veía bastante decente. Le expliqué que necesitaba hacer llegar ese material y le pedí su ayuda para llevarlo y entregarlo, le extendí $25 dólares con los cuales cubriría el gasto de su transporte a la agencia. Aceptó y agradecí la ayuda.

Los rollos nunca fueron entregados. Yo he perdido muchas fotos en mi vida, y recordarlo todavía duele, pues casi siempre han sido las mejores fotos. Sin embargo, como en los sismos, las personas superan, es necesario dejar ir algunas cosas para seguir adelante.

 

El rescate de la memoria

A treinta años, vuelvo a mirar las demás fotografías que tomé en aquellos días, fotos que se habían quedado en la lista de espera dentro de mi archivo. Ver una imagen revive un recuerdo y llena huecos en la historia que cuento en mi mente y a los amigos, sobre aquél día que salimos en bicicleta a fotografiar lo sucedido.



Bob Schalkwijk y la Ciudad de México

Por Gina Rodríguez Hernández

Publicado en Alquimia, revista del Sistema Nacional de Fototecas. Año 17. Núm. 49. Septiembre  - Diciembre de 2013.

¿Cómo se elige una ciudad para vivir, cuando no se ha nacido en ella? Muchos y muy diversos son los motivos, pero cuando Bob Schalkwijk (Rotterdam, 1933) llegó a la Ciudad de México en febrero de 1958, ni siquiera que imaginaba esta sería su ciudad.

Todo inició en Calgary, Canadá, tras leer un artículo publicado en Esquire, la célebre revista masculina, que comentaba las bondades de Ajijic, en Jalisco. Por $150 dólares dos personas podían pasar un mes entero comiendo y bebiendo en un tranquilo y cálido pueblo. Sin pensarlo, a bordo de su Volkswagen, y en compañía de un amigo, realizaron el trayecto en cinco días. La apacible vida en la ribera del Lago de Chapala no les significó gran cosa y emprendieron su marcha rumbo al corazón del país. Llegaron a la carretera México-Toluca, se encontraron con la Avenida del Paseo de la Reforma y desembocaron en el Zócalo. Se alojaron en el primer hotel que encontraron, el Hotel León, en la calle de Brasil.

Iluminación de Avenida Juárez, CDMX. Enero de 1965.

Acostumbrados a viajar y hospedarse en los albergues estadounidenses de la Young Men’s Christian Association (YMCA), a la mañana siguiente preguntaron por la “Guay”. Para su sorpresa, la sede capitalina no contaba con dormitorios, pero sí con un cuarto oscuro; a cambio de ponerlo en orden y dejarlo limpio, Bob pudo utilizarlo, pues desde los 14 años, practicaba la fotografía. Como hospedaje alquilaron unos cuartos en la calle de Tokio, en la Zona Rosa, entonces el lugar de moda. Precavido, Bob visitó la embajada holandesa, y encontró que una conocida suya, una joven pintora, radicaba con su madre en la capital. Entre reuniones, viajes a Acapulco y al Valle del Mezquital, Bob vivió los contrastes mexicanos y los empezó a fotografiar, mientras tomaba clases de español. Dos meses después el amigo regresó a Canadá y Bob se quedó tres meses más, pero se mudó a un cuarto que rentaba una señora estadounidense en San Ángel. Al ser aceptado en la Escuela de Ingeniería en la Universidad de Stanford, fue a California para estudiar ingeniería petrolera, motivo que lo había traído de Holanda a América. 

Más que provocar el despertar de un ingeniero, la universidad reforzó su gusto por la fotografía. Cursó un taller de cine, realizó una película de 16mm, y con ganas de re-encontrarse con su amiga holandesa, regresó en su “bocho” a la Ciudad de México en diciembre de 1958. Decidió ser fotógrafo profesional, se instaló en San Ángel y para su buena estrella, se enamoró y se casó con Nina Lincoln. Ella producía teatro y convivía con un círculo de amistades por demás sofisticado, pero sobre todo culto y creativo. Era además, un momento en que la cultura mexicana gozaba de un nuevo renacimiento en las artes plásticas, la arquitectura, el diseño, la moda, y todo ello fue fotografiado por Bob.

Mexico City (Spring Books, 1965), da cuenta de su mirada atenta, rigurosa en su composición y sensible a la percepción de la luz, la espacialidad de la ciudad, la traza de sus avenidas y sus personajes. Las 194 fotografías publicadas en Mexico City apuntan a los temas que a lo largo de su trayectoria profesional ha desarrollado y que continúa explorando. Los paisajes urbanos que aparecen en el libro nos ubican en una metrópoli apenas reconocible y por demás nostálgica, beneficiada por una economía conocida como “el milagro mexicano”. Esa gloriosa Ciudad de México fue también producto de las regencias de Ernesto P. Uruchurtu, hombre polémico, incomprendido por sus decisiones de “querer meter en cintura” a los capitalinos, pero que le dio a la capital la fisonomía y la infraestructura que hoy conocemos.

La oportunidad de tomar las fotografías para el libro llegó a través de Nina, quien supo de un inglés, que buscaba quien hiciera las tomas para un libro sobre la Ciudad de México. La edición se sumaría a la serie Famous Cities of the World, libros de fotografías de un solo autor, con introducción de un escritor conocido, y tirajes de 40,000 ejemplares. México fue la única ciudad de Latinoamérica elegida para formar parte de esta serie.

A nivel local, otras ediciones fotográficas sobre la Ciudad de México ya se conocían, como el célebre ensayo Yo, el Ciudadano que Nacho López publicó en Artes de México en 1962, y se preparaban otros libros que a través de la fotografía, buscaban alabar la grandeza capitalina— y por lo tanto mexicana— encaminada entre otras cosas, a ser la sede de los XIX Juegos Olímpicos, en donde por primera vez se presentaría un ambicioso programa cultural. 

Pareja afuera de un estudio fotográfico. Ciudad de México, 1965.

Bob y Nina tuvieron la idea de dividir el libro en cinco apartados, a manera de recorridos, que son los que aparecen como capítulos: “Las Raíces de México”, dedicado a la arqueología; “Pueblitos dentro de la capital”, con énfasis en San Ángel, Tlalpan y Coyoacán; “Ciudad de palacios e iglesias” dedicado casi exclusivamente al Centro Histórico; “El México Moderno”, enfocado en la arquitectura, particularmente en Ciudad Universitaria; “Parques, avenidas, monumentos”, donde la presencia de los habitantes aparece en el disfrute de estos espacios y “La Ciudad Palpitante”, mosaico de personajes, celebraciones y situaciones que dan cuenta de la ciudad de hace medio siglo.

 

No había mucho tiempo para hacer las tomas, y en el plan de trabajo que armaron aprovecharon los festejos septembrinos, los de Día de Muertos, y la temporada navideña de 1964. Poco a poco, avanzaron en tomar los hitos obligatorios: el Centro Histórico, Tlatelolco, la Basílica de Guadalupe, la Avenida Reforma, el Bosque de Chapultepec, CU, Xochimilco, sin olvidar sus principales linderos, como Ciudad Satélite y el Ajusco. Al regreso de sus travesías, Bob procesaba los rollos, hacía contactos y junto con Nina, elegían las mejores tomas que imprimía en copias de trabajo de 5 x 7”. De un aproximado de 8,000 fotografías, el 90% fue tomado en blanco y negro, y así fueron formando las historias de cada apartado. Si observamos el libro, destaca su excelente calidad y atinada puesta en página — la pre-prensa se hizo con impresiones en 8 x 10” hechas por Bob— y también apreciamos su narrativa visual que evita editorializar los temas. Sus fotografías son serenas y empáticas. No faltan los guiños, como el hombre que duerme en su diablito a pleno tráfico (p. 118), o las entrañables imágenes de los novios en CU (p. 83), que por lo acontecimientos sucedidos años después, no deja de estremecernos, pues se percibe como un signo de una época que llegaría a su fin.

Conocido por su impecable y riguroso trabajo editorial, la participación de Bob Schalkwijk en otros libros de fotografía de la Ciudad de México ha sido constante:

  • México 75 Años (Chrysler, 1984), donde sus fotografías establecen un diálogo con las que ilustraron México en el Centenario de su Independencia 1910, editado por Eugenio Espino Barros.
  • Carlos Mérida, su obra en el Multifamiliar Juárez. Nacimiento muerte y resurrección (ISSSTE-INBA, 1988), a propósito de la demolición de algunos edificios decorados por Mérida, a causa de los sismos de 1985.
  •  Chapultepec, un bosque y su castillo (Smurfit-Cartón y Papel de México, 1988).
  • Tres Grandes Colegios de la Nueva España (Grupo Aluminio, 1990).
  • Un Día en la Vida de la Gran Ciudad de México (Departamento del Distrito Federal, 1991), donde participó con una serie sobre la captura de perros callejeros.
  • El Ex-Arzobispado (Espejo de Obsidiana, 1997).
  • Antiguo Colegio de San Ildefonso (Nacional Financiera, 1997).
  • ABCDF (Editorial Diamantina, 2001), donde se publicó a doble página su fotografía de una boda, una de Paseo de la Reforma, el recorrido de los niños en el Mercado de la Merced, y la vendedora de sombrillas, las cuatro ya publicadas en el libro Mexico City; otras fotografías suyas ilustran la entrada para “Charro”, “Primera Comunión”, ésta a color, y otra doble página que muestra a dos jugadores de ajedrez en la Casa del Lago.
  • Antiguo Colegio de San Ildefonso (Área Editores, 2008).
  • 50 Años (Truper, 2012).

Con más de 50 años en activo, su archivo, constituido por unas 400,000 fotografías, comienza a tener distintas revisiones que le han dado otro sesgo a su obra. En el 2010, la galería La Valise expuso la serie Arquitectura Colapsada, Terremoto ‘85, y un año después, en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco se presentó Zona Sísmica 2011, exposición curada por Ana Elena Mallet, que incluyó varias de sus fotografías tomadas durante los sismos de 1985. Recientemente, Irving Domínguez realizó una curaduría sobre sus fotografías de la Ciudad de México, de 1964 a 1997, para inaugurar las galerías públicas del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Fotógrafo incansable, participa desde hace tres años, junto con la Antropóloga Beatriz Martínez del Monte, en la investigación El reto de envejecer en pobreza, proyecto de un profundo sentido humanista que llevan a cabo con los adultos mayores que viven en el pueblo de Santa Fe.

En su extenso arsenal fotográfico, que inició hace más de medio siglo y que cubre prácticamente todo el territorio mexicano y más de 45 países en diferentes continentes, la Ciudad de México tiene un significado especial. Bob Schalkwijk, el holandés que vino de visita en 1958, devino en chilango. Afincado en Coyoacán, recibe en su estudio, con una taza de café, charla amena y cientos de fotografías, a todos los interesados.

Bob Schalkwijk

por Elena Poniatowska

publicado en México IndioInverMéxico, CDMX. 1993.

 Bob en la Cascada de Basaséachi, 1963.

Bob en la Cascada de Basaséachi, 1963.

 
Bob Schalkwijk, holandés, también cayó bajo la seducción de los indios de Chihuahua e hizo un bello libro: Tarahumara. Los captó en la leyenda del perro cazador, en la carrera del gavilán y la codorniz, del torbellino, del coyote, el bacánahua y el ratón que se transformó en murciélago y salió a volar en la noche. Los vio aventurar al aire su pelota de madera y sonreír al cielo.

Entre 1965 y 1975 viajó a la Sierra Madre Occidental y vivió al aire libre e las cumbres nevadas y en las inmensas barrancas de Chihuahua: Urique, del Cobre y de la Sinforosa. Papigochi, Santo Tomás, Matachic, Narárachi, Tehuerichi, Choguita, Huahuachérare son lugares que él conoce bien, así como Creel, la ranchería de Samachiqui, Guachochi y el antiguo Carichi.

Experiencia asombrosa, como él mismo la calificó, cuando llegó a las dos de la mañana a Tehuerichi; tocaban los tambores para la fiesta de Semana Santa, el viento traía el tun-tun-tun-tun y se lo llevaba, respondían las montañas, de repente se oía más cerca luego parecía salir de otra barranca honda con una fuerza increíble, como si la tierra hablara.

Cuando Bob y Nina después de varias lecturas de Lumholtz emprendieron su viaje a la Tarahumara no había carretera sino una brecha en la que su vehículo de doble tracción iba a diez o quince kilómetros por hora. Acamparon enrollados en un sarape y durmieron repegados a la pared de la iglesia para atajar el frío que calaba hasta los huesos. Ahí, Bob y Nina, durante más de un mes, presenciaron bautizos y bodas y acompañaron a los pastorcitos a llevar chivas y borregos a pastar. Al igual que los tarahumaras, Bob se tiró a dormir sobre una manta en la noche y observó su culto a Dios, a quien se ofrenda el sacrificio de chivos blancos, borreguitos y gallos. Atestiguó el culto a peyote (jikuri) traes el cual anduvo Antonin Artaud y fotografió las danzas tarahumaras. Las vio como un rito sagrado y misteriosos, ya que los tarahumaras no danzan para entretenerse sino para que “el mundo no se acabe”.

“Caminamos toda la noche con un guía; llegamos a las dos de la mañana a una iglesita del siglo XVII con un atrio adelante y a unos veinte metros otra casa: la escuela. No había luz. Dormimos junto al muro del atrio. A la mañana siguiente, después de haber tenido mucho frío toda la noche, vimos que un poco de humo salía de una casita; era la del profesor tarahumara que hablaba español. Al otro día , a las once de la mañana se iniciaron los bailes de Navidad. El profesor actuó como intérprete para presentarme con el supremo poder y entre ellos hablaron tarahumara par que el gobernador por supremo poder me diera permiso de tomar fotografías. Las tomé con gran emoción y a los tres días el gobernador me llamó:

 Narárachi, Diciembre 1973.

Narárachi, Diciembre 1973.

- Vente por acá.


“En un español excelente me preguntó:

 

- ¿No habrás tomado ya bastantes fotos?

-  Sí, señor gobernador, he tomado muchas fotos.

-  Bueno, entonces ya tienes bastantes.

-  Me gusta mucho tomar fotos, señor gobernador, y es muy interesante lo que aquí sucede.

-  Bueno, pues ya deja de tomar fotos.

-  ¿Puedo quedarme otro día para ser parte de la fiesta?

-  Sí, sí, eso no es problema.

 

“Nos quedamos y luego ya al día siguiente salimos caminando. El gobernador hablaba perfectamente español y nos estaba observando. Si no le hubiera gustado la manera en que tomamos las fotografías hubiera dicho a los diez minutos:

-Oye, allí esta el camino.
“Los tarahumaras son gente muy fuerte. Simplemente si creen que tú tomas ventaja te dicen:
- No nos conviene que estés aquí.

Yo los comprendo. Los indígenas aguantan nuestra curiosidad, el que hurguemos en sus cosas, pero realmente ¿qué les damos a cambio que pueda interesarles? ¿Me explico? Yo no bailo, no canto, no toco el tambor, no puedo hacer nada de lo que ellos hacen. Tampoco puedo llevar en el yip comida para alimentarlos a todos. Por lo tanto, sólo vengo a aprovecharme de ellos, a quitarles lo que tienen a examinarlos, a estorbarles. Mi libro se publicó veinte años después del primer viaje. Llevé unas fotografías a Creel que entregué a los jesuitas y comentaron entre ellos: ‘¡Ah, éste es Pedro, éste es Juan!’, pero ya no era lo mismo ni era la misma gente.

“Las mujeres tarahumaras normalmente tiene diez o doce hijos de los cuales sobreviven unos cuantos; a veces se mueren hasta diez, pero nosotros los soberbios, los modernos, los disque civilizados, los ‘súper inteligentes’, no les hemos dado la posibilidad de vivir mejor - añade Bob Schalkwijk. Aunque yo no estoy tampoco muy seguro de que nosotros hayamos encontrado la clave de la felicidad y de que el nuestro sea el ideal de vida. He reflexionado varias veces en lo que yo viví con los tarahumaras y he llegado a la conclusión de que el la ciudad llevamos una vida bastante superficial, corremos aquí y allá, nos sentimos obligados a hacer ciertas cosas y se nos enreda la vida de tal manera que ya no hay tiempo de pensar. De las fotos que he tomado a lo largo de mi vida, las que más me satisfacen, de plano, son las de la Tarahumara, quizás porqué allá viví en otra dimensión. Nunca pensé en medias horas, en compromisos de agenda, tengo que ver a una persona en media hora, si no que la pregunta acerca de la hora se diluyó en el tiempo. Al llegar me tomó tres días adaptarme a este nuevo rimo, mejor dicho, a ese no ritmo y me repetía: calma, calma Schalkwijk, para no desesperarme; constantemente estaba perdiendo el tiempo, cuando en realidad lo estaba recuperando, y le decía a Nina: ‘No estoy haciendo nada’. Hasta que me tranquilicé y empecé a acoplarme.

Recuerdo que en una ocasión me avisaron:

-  Va a haber un bautizo.

-  ¿A qué hora?


“¡Que absurda mi pregunta! ¡Que importa! A las diez, once, doce ¡qué diablos importa! Tenía yo que estar con la cámara lista y de repente pasaba una cosa bellísima y la tomaba. Me sentía agradecido. Me acostumbré muy pronto a su no medición del tiempo y para mí fue un inmenso descanso.

A los catorce años, en Holanda, Bob Schalkwijk empezó a tomar fotos a sus maestros en la escuela preparatoria. En el puerto de Rotterdam inició su adiestramiento como experto para cargar buques. Tanques, lanchones, barcos de carga. La carga no tenía secretos para Bob hasta que salió a Houston, Texas a un curso de ingeniería petrolera y así lo hizo aunque ya en Stanford no estuvo tan seguro de su vocación. No era lo que él buscaba en la vida. Así, decidió dedicarse a la fotografía, la de publicidad, la de niños, la de jóvenes arquitectos. Viajó a Canadá y luego a México con un amigo. Aquí a los primeros que descubrió fue a los otomís: llevó sus cámaras, tomó fotografías y le fascinó. Lejos de todos y de todo, fumó Faros y Carmencitas, tomó su primer pulque, que le pareció realmente asqueroso luego de que alguien le reveló el secreto de la “muñequita” para fermentarlo. Se dio cuenta de que los indios nunca dan las gracias, ni hay por qué darlas, porque todo se comparte: el taquito, el aguardiente, la cerveza, el posol y el atol de pinol. Decidió quedarse entre nosotros, quizá por la sencillez de la gente, por la carrera que es la esencia de los tarahumaras, sus brazos en el aire, su cabellera-crin al viento.